Otro sábado histórico cualquiera

Escrito por Mariano Gistain el 8 Junio, 2014

Ha venido un calor denso, ya con el cambio climático cumplido. Zona apacible, junto al centro, zona de ancianos y jubilados, dos generaciones y sus nietos ya adultos, no hay inmigrantes. Excepto una de las camareras. Los inmigrantes empiezan a dos o tres manzanas. Enfrente, un tanatorio, una residencia de tercera edad. Al fondo, el tráfico amortiguado de una avenida que antes fue camino. Por el otro lado, un edificio fortaleza de los que tanto gusta Zaragoza, un castillo de viviendas de ladrillo caramelizado y aspilleras, troneras, casi almenas. Detrás una avenida que no ha conseguido ir a ninguna parte. En medio, avenidas de coches, veredas azotadas por el sol, curvas inverosímiles que han respetado las fincas y los conventos. La ciudad ha crecido a golpes de talonario, de influencia y de caprichos ya olvidados. Un reducto, un parquecito en medio del caos. Un bar franquicia atraviesa la manzana y tiene dos puertas, una a cada lado, dos terrazas mínimas. Dónde están las fronteras de las nacionalidades, rumanos, ecuatorianos, africanos, hispanos. Salen los primeros descapotables con ese júbilo de cabezas a estrenar la brisa marina del desierto, las blancuras del yeso hacen refulgir los rótulos de se vende y se alquila, grandes boquetes, locales vacíos. Fue un sábado cualquiera de principios del calor, el dueño del equipo que lleva el nombre de la ciudad había vendido sus acciones ante notario pero faltaba algo, acaso el auténtico comprador. Los años anteriores se desmoronaban a trozos, la plataforma logística había comprado un cuadro de Goya, el equipo estaba en Segunda esperando la mano de millones que nadie había sabido poner en estos años. El sábado que abrieron las piscinas, la semana que abdicó el rey, segundo sábado desde la elecciones europeas, todo cambiando lentamente en bruscos acelerones de quietud.

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