

Por Guillermo Pascual. Durante el verano se está llevando a cabo en una galería de arte de nuestra ciudad una actividad de la que debe hablarse. Consiste en un recorrido de grabados de artistas tan importantes como Saura, Tapies, Broto, Chillida, etc. , hasta un Miró excelente, guiado por la artista Lina Vila, que de forma profesional y pedagógica, acerca tanto el mundo poco acreditado del grabado como a la vida de quienes se adentraron en él.
Es ésta una experiencia frecuente en museos y galerías británicas, holandesas, francesas o norteamericanas. Una vez por semana se efectúa una actividad por el estilo o un debate entre artistas, profesores de arte o gente anónima amante de este mundo tan poco conocido, tan poco reconocido… Otras veces, se escenifican obras que tienen relación con lo expuesto. Todo lo que sirva para acercar y vender obra es factible. Hacia allí se debe conducir a los valedores de la ilusión que generan con las obras que otros les han confiado. De poco sirve que, hoy, se espere vencer sin convencer. Pasaron los tiempos en los que un cuadro o una escultura era el refugio del dinero fácilmente ganado. Hoy, ese dinero no existe. Pero hay otro, el que se consigue trabajando esforzadamente y queriendo que la inversión sea productiva… productiva sensualmente, anímicamente, saciantemente de una sed que en la mayoría de las ocasiones en nada tiene que ver con la obsesión absurda de una más que hipotética revalorización monetaria que en la mayoría de los casos proviene de un gesto publicitario de representantes de unos y otros que con esa estrategia persiguen seguir viviendo con las comisiones que proporcionan sus ventas.
Por todo ello se debe animar al ciudadano a que compre obra, la que le guste, la que le proporcione aumento de sus feromonas, sume momentos felices o sea pretexto para reunir a amigos. Y asimismo es preciso también desmitificar que el arte es muy caro, prohibitivo. La mayoría de las galerías venden obra a plazos y a precios asequibles. Ellos saben, más que todos, que los tiempos no están para farolillos. Además que algo original es, por encima de cualquier otra consideración, mejor que un millón de copias. Es ese puntito de vanidad, de egoismo sano que toda persona precisa para sentirse bien en un mundo que ya de por sí, al menos en estos últimos tiempos, empuja a bajarse de él.
Guillermo Pascual es médico y agitador del arte.