

MARIANO GISTAÍN | Entrevista con el escritor Ignacio Martínez de Pisón, Premio de las Letras Aragonesas. En la mayoría de sus novelas aparece Zaragoza. Cree que "La única consecuencia buena de esta crisis es que pronto se habrá acabado el tiempo de los ladrones y los corruptos."
—¿Qué sensación te produce esta cascada de premios?
Por nombrar solo los premios del último año (Wikipedia):
Premio de las Letras Aragonesas 2011
Premio Hislibris al mejor autor español 2011 por El día de mañana
Premio de la Crítica de narrativa castellana 2011 por El día de mañana
Finalista del Premio al Libro Europeo del Año 2011 de la Unión Europea por El día de mañana
Premio Ciutat de Barcelona 2012 por El día de mañana
Premio Giuseppe Acerbi (Castel Goffredo, Mantua) 2012 por Dientes de leche
Premio Espartaco Semana Negra de Gijón 2012 por El día de mañana.
—Lo primero que pienso es que me estoy haciendo mayor y que llevo mucho pero que mucho tiempo en esto de escribir y publicar libros: nada menos que veintiocho años. Supongo que he llegado a esa edad en la que los jurados de los premios se acuerdan de uno.
—Seguro que el éxito –en lectores, premios y crítica–, no te impide ponerte cada día a trabajar con el mismo entusiasmo y la misma disciplina de siempre… ¿O sí?
—Cada nueva novela es una aventura diferente, y en cada una te tienes que reinventar como escritor. No vale eso de encontrar una fórmula y utilizarla una y otra vez. Aunque mis novelas se parezcan entre ellas, en todas he tratado de utilizar técnicas distintas. Y en cuanto a la disciplina, forma parte de mi carácter: uno tiene que ponerse un horario, como si fuera un empleado normal.
—Creo que eres ya un clásico: por la prosa cristalina, por el humor, por la objetividad con que muestras las contradicciones de la vida, de los personajes, y por cómo entregas cada época histórica…
—Muchas gracias, Mariano, pero eso de clásico suena excesivo. Lo que sí me gusta, por ejemplo, es que mi estilo aparentemente sencillo y mi sentido del humor sean apreciados por los lectores. Detesto esa literatura pomposa en la que la prosa recargada y la absoluta carencia de humor suelen ir de la mano.
—Has dicho en esta entrevista con Antón Castro que el protagonista de El día de mañana, el confidente Justo Gil, “es el retrato de un self-made man imposible”.
—Sería algo parecido a lo que ahora llaman un “emprendedor”, más bien un emprendedor tramposillo, sólo que, en lugar de tomar el atajo de la corrupción, tomó uno más propio de la atmósfera viciada de la dictadura: la delación.
—Hay unanimidad en que el enfoque caleidoscópico o coral es perfecto en esta novela, los guiones, muy variados, hasta para cine de dibujos animados –Chico y Rita-, los clavas.
—Si tiendes a la síntesis narrativa, acabas descubriendo que trabajar con pocos personajes resulta muy restrictivo: apenas si te da para escribir relatos de extensión mediana. Digamos que, jugando con pocos personajes, uno puede soñar con ser Chéjov y, jugando con muchos, puede soñar con ser Tolstoi.
—Está claro que además de tener un mundo poético propio –a veces difícil de ver, o no evidente, precisamente porque das el protagonismo a los personajes, a la historia–, eres un escritor muy solvente en varios géneros, un profesional.
—Las técnicas narrativas son algo que puede aprenderse, del mismo modo que uno que no sabe contar chistes podría, si se lo propusiera, aprender a contarlos bien. Y un escritor que se tome en serio su trabajo tiene que ser como un virtuoso del piano que ha experimentado todas las posibilidades de su instrumento.
—Te documentas mucho. Creo que te gusta hacerlo, que disfrutas. ¿Te sientes un poco detective cuando preparas los materiales para una novela?
—La verdad es que sí. Me encanta leer libros que tengan que ver con lo que escribo, porque seguro que aquí o allá puedo encontrar algún detalle que proporcionará a la historia más brillo o más verosimilitud.
—Nos vas narrando nuestra historia, aunque no sea en orden cronológico, siempre con momentos que has vivido, excepto en “Enterrar a los muertos”, que es sobre la guerra civil. (“Enterrar a los muertos” (2005) es sobre José Robles Pazos, traductor de John Dos Passos, asesinado en 1936 por los servicios secretos soviéticos.)
—Ese libro fue la excepción, pero la España en la que crecí, la de la dictadura, no podría entenderse sin la Guerra Civil. Supongo que ese libro fue mi tentativa personal de explicarme la guerra.
—¿Te gusta Manhattan Transfer?
—De los libros de Dos Passos no es mi favorito. Prefiero la trilogía USA. El que quiera leerla, que se reserve unas vacaciones, porque son cerca de dos mil páginas.
—¿Qué novela te gusta más en este momento?
—Me gustan mucho las novelas de la norteamericana Anne Tyler y los relatos de la canadiense Alice Munro. Las dos hablan de la realidad que conocen, la clase media de la que forman parte.
—Los buenos libros no terminan nunca… Siempre propician una estela de acontecimientos, hallazgos… ¿Han seguido saliendo personajes, historias y nuevos datos sobre Enterrar a los muertos? ¿y Justo Gil, ha aparecido alguno?
—Me gustaría encontrar alguna historia como la de Robles que nadie hubiera investigado y sobre la que tuviera cosas interesantes que decir, pero lo cierto es que no la he encontrado. Y en cuanto a lo de Justo Gil, siempre, después de acabar una novela, te enteras de historias y personajes reales que se parecen a los que tú has imaginado. Pero, tratándose de personaje tan escurridizos, me han llegado sólo retazos.
—Te confiesas escritor realista, “intento utilizar los mismos materiales de la vida”, que cuentas las vidas de protagonistas que son personas normales (vídeo ZTV). ¿Crees que tus novelas tienen algo de Galdós, Baroja o Clarin?
—La tradición de la que vengo es realista: precisamente la tradición de Galdós, Clarín y Baroja. Pero cada escritor tiene que reelaborar la tradición de la que procede. Eso es lo que yo intento, estilizar a mi manera el realismo tradicional.
—En tu discurso en la entrega del Premio de las Letras Aragonesas (vídeo) enumeras los escenarios zaragozanos de tus novelas, ¿qué falta, qué es lo que te gustaría incorporar de Zaragoza en una novela o película?
—Creo que hay muy pocos rincones importantes (importantes para mí) de la Zaragoza en la que nací y crecí que no hayan salido en mis novelas. De hecho, hasta sale el Hospital Militar, que fue donde nací.
—Esta respuesta en una entrevista con Enrique Vila-Matas en 2003 dices: "Carreteras secundarias" era una novela esencialmente optimista: un padre y un hijo que no tenían nada acaban al menos teniéndose el uno al otro. "El tiempo de las mujeres" es, por el contrario, el relato de una sucesión ininterrumpida de pérdidas, lo que le da un tono algo más pesimista. De ahí probablemente ese escepticismo latente, un sentimiento que forma parte del patrimonio de muchas generaciones de españoles, no sólo de la mía”. Desde entonces a hoy, ¿qué añadirías a esta respuesta?
—Que la generación joven, la de mis hijos, va a introducir un elemento nuevo: el de la regeneración moral, el de los jóvenes que saben que hay reconstruir la sociedad desde abajo. De estos años turbulentos saldrá un nuevo concepto de ética ciudadana. La única consecuencia buena de esta crisis es que pronto se habrá acabado el tiempo de los ladrones y los corruptos.
—¿Se te ha colado la crudeza de estos días tan ásperos en el libro que escribes ahora o consigues aislar a los personajes del contexto en el que escribes? ¿Puedes adelantar algo de ellos, de los nuevos protagonistas, o del libro?
—La historia en la que estoy embarcado transcurre entre 1950 y mediados de los ochenta. Entonces no existía una clase media depauperada, como la de ahora, sino una sociedad que, aunque fuera a trompicones, iba poco a poco incorporándose a la clase media. Son dos movimientos de signo distinto.
—A la vista de lo que está ocurriendo, ¿te has arrepentido de haber titulado tu historia del año 1994 El fin de los buenos tiempos? ¿Te referías a esto?
—Realmente, era un título que podía haberme reservado para esta época.
—Vives en Barcelona: conozco a pocas personas más zaragozanas que tú ¿Cómo has encontrado Zaragoza este verano?
—Desde hace unos años, lo que más me duele es ver que cierran bares, cafeterías, cines de toda la vida. Con la crisis, esto es aún más fuerte. Pero la ciudad está más bonita que nunca. Me encanta hacer footing al lado del Ebro y llegar hasta la Expo. Zaragoza mejoró mucho en 2008.
—¿Y el real Zaragoza?
—Me conformo con no sufrir.
—¿Ganaremos la Liga?
—Claro que sí, pero no me preguntes cuándo.
—¿Sientes la ausencia/presencia de Félix Romeo y Labordeta en tus paseos por Zaragoza?
—Eran dos presencias insustituibles. Todavía se me aparecen en sueños y, cuando me despierto, no me creo que ya no estén vivos.
—¿Cómo vives el barullo digital? ¿Usas tableta?
—Tengo iPad pero no lo utilizo para leer. Me resulta incómodo. Tengo también un reader Sony, pero es de los antiguos, y sólo lo uso para leer manuscritos. Cuando se me estropee, me compraré uno de los nuevos. Es un buen sistema para leer libros en otras lenguas: los puedes comprar en el momento y no tienes que encargarlos en la librería o volver cargado de los viajes.
—¿Qué pregunta no te hacen nunca y te gustaría que te hicieran cuando te entrevistan?
—¿Por qué me gusta la comida de los aviones? Pero no me lo preguntes. No sé la respuesta. Supongo, simplemente, que no soy ningún gourmet.